El fallo de la élite chilena

por Guillermo Quezada

Desde los comienzos de Chile como estado nación, ha existido una clase política y empresarial reactiva, limitándose a copiar ideas del extranjero sin el cuidado de adaptarlas a la realidad nacional. Esto ha tenido fuertes implicancias en nuestro desarrollo como país, el que sigue teniendo una actitud reactiva ante distintos problemas socio – económicos como la educación, salud, y monodependencia del cobre, lo que se ha visto en un estado que reacciona a las protestas y problemas para recién plantear soluciones, transformándose en un obstáculo considerable para alcanzar el desarrollo.

Durante la era del Salitre, la clase política y empresarial chilena fue sólo espectadora ante una industria que se supone debió impulsar una nueva economía. Después de una cruenta guerra, donde miles perdieron la vida, los más beneficiados fueron los empresarios ingleses.  El estado no tomó un rol activo, dedicándose sólo a cobrar de impuestos sobre las ganancias, lo que facilitó una filtración considerable de recursos al extranjero. Por otro lado, los empresarios chilenos prefirieron refugiarse en actividades menos riesgosas, para poder mantener su fortuna.  Actualmente, podemos ver como esto se repite en nuestra región, donde la mayoría de los recursos se escapan a al extranjero u otras regiones y como dependemos de los mercados externos, además de no ver una clara reinversión en potenciar una industria alternativa local.

Durante el período de industrialización por sustitución de importaciones que vivió el país a mediados del siglo XX. Esta vez el estado tomo un rol más activo, desarrollando una política de desarrollo industrial. Sin embargo, sólo fue un actor facilitador, esperando que los principales actores, los empresarios chilenos, tomaran el liderazgo de esta cruzada. Por su lado, los empresarios no poseían ni los conocimientos suficientes ni el interés para llevar a cabo tal empresa. En consecuencia, terminaron dependiendo de los recursos del estado para mantener sus operaciones, siendo incapaces de competir con empresas extranjeras, una vez que las fronteras del país se abrieron nuevamente.

En resumen, la élite chilena sigue teniendo una actitud reactiva. Actualmente, a pesar ser líderes mundiales en la producción de cobre, seguimos expuestos a vaivenes internacionales, como si estuviéramos esperando una nueva crisis, como la de 1929, para tomar cartas en el asunto.  Por otro lado, el empresariado nacional todavía muestra una actitud de solo querer mantener su fortuna y que depende en gran parte del estado para poder mantener este status quo.

 

 

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