¿Y ahora qué?

Diego Sánchez-Ancochea

Director, Latin American Centre, Universidad de Oxford

 

La bajada del precio de las materias primas ha supuesto un shock no sólo en Antofagasta sino en toda América Latina. El crecimiento económico se ha ralentizado, las cuentas públicas han pasado a números rojos y las posibilidades de crear empleo han disminuído. Como respuesta a esta situación se oyen voces recomendando las mismas recentas de siempre: recortar el gasto público y llevar a cabo “reformas estructurales” que hagan los mercados—incluído el laboral—más flexibles.  Es más que posible que estos llamados se intensiquen en los próximos meses, si la situación económica (como es lamentablemente previsible) no mejora.

Sin embargo, ¿es esta la solución más adecuada? ¿Debemos concentrar nuestros esfuerzos en reducir el gasto público y liberlizar más? Si consideramos los éxitos y fracasos de la última década y pensamos en los retos pendientes, la respuesta es que no. En el lado productivo, el gran problema sigue siendo la falta de diversificación sectorial—debilidad evidente en Antofagasta. Durante los últimos años el peso de los bienes primarios aumentó de forma sostenida: en países como Bolivia, Chile o Perú, los productos agrícolas junto a las materias primas suponen hoy más del 85% de las exportaciones totales. Mientras tanto, el proceso de desindustrialización continúa y América Latina se muestra incapaz de desarrollar actividades con mayor valor agregado. En el lado social, creció la cobertura en servicios públicos fundamentales como la salud, las pensiones e incluso la educación pre-escolar, pero la calidad y equidad de dichos servicios sigue siendo una asignatura pendiente.

Diversificar la estructura productiva y mejorar los servicios sociales de forma simultánea generaría, además, círculos virtuosos muy positivos: una economía con más fuentes de generación de riqueza crecerá más y creará mejores empleos, lo que hará, a su vez, más fácil la financiación de servicios sociales de calidad que fomenten el capital humano. Sugiero dos pasos urgentes para avanzar. Primero, se debe promover un debate nacional inclusivo sobre la política sectorial, que incluya la elección de actividades claves a promover. Segundo, se debe profundizar la unificación de los servicios de salud (de forma que toda la población tenga garantizados servicios similares) y diseñar una agenda de calidad (universalizar cobertura de la educación o la salud sin atender a la calidad sirve para poco). Obviamente ninguno de estas dos medidas serán fáciles de implementar: exigen menos ideología y una mirada más pragmática y, a la vez, ambiciosa del futuro.

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